Movearte y las mil formas del apartheid educativo

La idea que estaba presente al momento de realizar un proceso de lucha por el 4% para la educación, estaba muy lejos del vulgar porcentaje que se constituyó en bandera de lucha y consigna que llamó a los unos y las otras.
Lejos de la atractiva consigna, se sostenía una idea basada en una educación digna. Mote que sale del sueño de un grupo que aspiraba a que la llamada Estrategia Nacional de Desarrolla, siguiera la línea de refundación del Estado que habían protagonizado Ecuador y Bolivia. Esa idea de vida digna era más bien (y sigue siendo) la esperanza de que en RD comenzáramos al menos a verbalizar el futuro posible iniciando un proceso pos capitalista que nos llevara concretizar los pasos hacia el cambio.

Precisamente dentro de ese marco, surge el llamado por una educación digna que respondiera a esa propuesta refundadora y que pudiera impactar la violencia simbólica que, tras la careta de los sistemas educativos, naturaliza las diversas formas de dominación y desigualdad. Una educación que aspiraba a ser también refundadora con la integración de transformaciones basadas en una pedagogía liberadora, que contrarrestara la avanzada del capital humano y que le devolviera su carácter de derecho. En síntesis, exiliar toda forma de utilitarismo que oliera a ecuaciones de Mincer y convertir el espacio de la escuela en una fábrica de sueños.

¿Y por qué toda esta historia? Bueno pues, la tarea tortuosa de re-construir la educación en nuestro país sigue estando hoy inconclusa, raptada por una consigna hueca de “revolución educativa” que para nada está transformando las condiciones de apartheid (en muchos sentidos) educativo que desde hace décadas pervive en este territorio. El falso llamado a “transformar” no ha logrado superar las bases de la exclusión de un sistema, que es incluso cuando entras excluyente, pero que permanecer fuera condena aún más a la población más empobrecida (sí, porque no es que nacieron pobres, pero eso es materia de otro compartir).

Hago esta reflexión en este momento motivada por el “hito” que constituye el destape del acuerdo del padre Ruiz para la gestión de Movearte con el Ministerio de Educación. Se trata de un acuerdo firmado en 2011, en tiempos de Melanio Paredes, en donde el Ministerio se comprometió (entre otras cosas) a: “pagar la nómina del personal administrativo, docente, y de apoyo (incluyendo los técnicos asociados); los cuales gozarán de los mismos beneficios y obligaciones que rigen para los empleados dependientes del MINISTERIO”.

Además el acuerdo incluye la siguiente clausula:

“El MINISTERIO subvencionará las labores de la ESCUELA MOVEARTE con una suma adecuada que permita cubrir los gastos mensuales de mantenimiento de todas sus dependencias. Esta subvención deberá ser acordada entre ambas partes y ajustada a los niveles de inflación que determine el Banco Central”

¿Y cuál es el problema con este acuerdo? Las denuncias de algunas personas del sector El Pedregal, lugar en donde se desarrollan las acciones de Movearte, señalan el cobro de una “cuota” que ha ido in-crescendo desde 0 hasta alrededor de 1,200 con otros costos variados y que han afectado la permanencia de alumnos y alumnas cuyos padres no pueden solventar esos gastos.

Además existe la denuncia de que no todos los solicitantes son admitidos pues deben aprobar un examen que “filtra” a quienes pueden ingresar al centro educativo. El propio padre Ruiz esboza en una declaración de prensa” estudiar Movearte no es un derecho que se adquiere por vivir en un barrio u otro”. Y desataca la necesidad de “calificar” para poder ingresar al centro.

En estos dos detalles denunciados por los comunitarios, se evidencian dos formas de segregar a los niños y niñas: la capacidad de pago y las posibilidades de aprobar un examen. Ambos elementos contravienen lo pautado en la constitución y en la ley de educación. La educación es un derecho fundamental que no puede ser negado a ninguna persona ni por condición económica ni por condición social ni por razón de credo.

La aparentemente indeleble marca capitalista que mueve y hace gestionar la educación como una gran carrera ha llevado a muchos centros educativos a “descremar” a sus alumnos y alumnas en esa búsqueda de ocupar los puestos más altos en los ranking que les posibilitan poder establecer cuotas elevadas para accederé a ellos y que les envuelve en esa exquisita “distinción” que les convierte en la aspiración de toda familia “decente” y ávida de progreso.
Esa segregación pautada por el grueso de la cartera o la excelencia del estudiante ha sido permitida por la in-acción de los diversos gobiernos y han ido marcando enormes zanjas que han mantenido separados a quienes pueden acceder a una educación con todos los periquitos que la modernidad impone de quienes apenas ingresan a un esqueleto con butacas. No porque la educación pública sea mala per se. Sí porque como sociedad hemos permitido que se fuera convirtiendo poco a poco en desecho excluyendo por años de la más mínima inversión y legislando para que progresen los centros de excelencia y distinguidos.

Y cuando el paso de los recursos se ha dado: ¿cómo explicamos ahora a los sectores que han sido siempre marginados que un padre recibe cada centavo que gasta un centro educativo del gobierno pero que es privado? ¿Qué justifica en un centro financiado por el Estado el cobro de una cuota por mínima que sea y se da el lujo de despreciar a los estudiantes que no aprueben un examen de entrada? ¿Es que entonces la educación es para aquellos que hacen “fácil” la tarea de salir rankeados?

Leo con temor lo que el padre Ruiz anuncia con alegría: la construcción de otros cuatro Movearte, con ayuda del Gobierno central. ¿Vamos a seguir sembrando apartheid en los barrios empobrecidos? ¿Seguiremos naturalizando en los niños y las niñas la existencia de desigualdades? ¿Seguiremos fortaleciendo a tantos padres Ruiz que transitan por la educación marcando las pautas de la excelencia con esos fondos del 4% defendidos por esos mismos empobrecidos que hoy siguen recibiendo una educación en contexto de marginalidad?

El camino para llegar a la revolución educativa no ha comenzado ni siquiera a labrarse. La revolución pasa por reconsiderar los cimientos que hacen la distribución de la educación excluyente. Queda pendiente el camino hacia esa educación digna que sea verdaderamente pública, laica, emancipadora, que impulse la refundación del Estado. Que deje de legitimar la desigualdad.

Publicado originalmente en El Grillo: http://elgrillo.do/movearte-y-las-mil-formas-del-apartheid-educativo-jenny-torres/

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