¡Se quema la vida!

Los medios de comunicación masivos se hicieron eco de una tragedia que más que conmocionar la población, la entretuvo. Al parecer, la reseña de la quemazón de 15 viviendas en la Ciénaga se centró en el descuido de Antonio, un chiripero de 37 años, que dejó una vela encendida mientras dormía, luego de una borrachera.

Antonio, uno de 5 hermanos, que vivían cerca uno de otros, -tan cerca que se quemaron las 5 casas- era padre de Melvin Gustavo, un niño de 10 años, con quien compartía una pequeña vivienda de tabla y de cartón en la parte baja de la Ciénaga, en plena Ciudad Capital.  El hoy occiso  acostumbraba a pasar por la casa de su madre a buscar la cena, cada día, luego de la dilatada y dura jornada de trabajo que le atañe al chiripero promedio de la ciudad. Es la razón por la cual se conoce que estaba “tomado”, en el momento en el que ocurrió el siniestro.

Ya Antonio fue juzgado por descuido y no faltó personas que volvieron a recorrer el viejo camino que tantas veces ha servido de calmante a nuestra conciencia colectiva y “clasemediera”: “esta gente vive en estas condiciones porque son vagos o porque lo han elegido”. Probablemente nadie ha notado que había una vela porque no tenía electricidad, que su “casa” era apenas un cuarto, que en sus paredes no se podía clavar un cuadro o que en su techo no se podía colocar ni una antena de plástico. Prestos-as a juzgar, para dormir tranquilos-as; lentos-as en hurgar en las verdaderas causas del incendio.

Además de Antonio el chiripero, se quemaron las casas de su hermano mellizo, Gustavo el albañil, de Ramia la ama de casa, de Elisandro el empacador, de Clara una joven que trabaja en Servicio al Cliente en una gran empresa dominicana, de Brayan el vendutero de celulares, de Josefa la trabajadora doméstica, de Samuel el mecánico, de Tirio el agricultor, de Gustavo el obrero de METALDOM, de Ezequiel el guardia, de Rosana la secretaria de escuela etc…  y con ellos de todas sus familias, algunas con niños-as que van desde 1 año en adelante.

Acogidas por las familias del sector que han puesto sus casas al servicio de las familias afectadas, brindándoles alojamiento y compartiendo lo poco que tienen con los hoy menos aventurados,  a cada miembro de la familia se le percibe con el rostro fruncido y el desarraigo acuestas.

Son familias desarraigadas, pero no solas. Existen solidaridades. Llegaron vecinos-as, organizaciones, la policía, ONG y hasta el mismo Alcalde de Santo Domingo de Guzmán –en ese orden- a empolvar la realidad con promesas y hechos que vislumbran moverlos al mismo estado de pobreza en el que antes se encontraban, no más.

 Tampoco cambiará lo hasta ahora sucedido. Son muchos años quemándoseles la vida. Mal viviendo en casuchas al lado del río, mientras se deprime año tras año la inversión estatal en políticas de vivienda, haciéndolas casi inexistente. Sin agua potable, ni alcantarillados, ni salarios dignos, ni energía, ni salud, ni seguridad social etc.. Llegaron al lugar desmontados de derechos y así seguirán, ante un Estado desocupado de estas vanas responsabilidades “sin obligación constitucional”. Nada cambia, se quema la vida, mientras el mapa de pobreza sigue del mismo color.

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