Un mercado no muy dulce en la frontera dominico-haitiana

Construcción cubículos a las afueras del mercado.

Visitar las comunidades fronterizas en días de mercado es un viaje a la constatación de las irregularidades y la porosidad de la zona.  El mercado de Dajabón, por ejemplo, a pesar de las grandes inversiones de la Unión Europea, sigue albergando el caos de siempre, la misma agresividad y la misma cotidiana y abusiva forma de sobrevivencia.

Al analizar la frontera y sus mercados, muchas veces nos concentramos en la agresión física a haitianos/as que van a vender o comprar en la zona,   en las acciones de corrupción, en el tráfico de personas o de mercancías de cualquier índole.  El número de irregularidades tanto del lado haitiano como del dominicano es tal, que podríamos hacer un manual sobre los mil trucos de las fronteras y sus mercados, dirigido a autoridades y comerciantes de nuevo ingreso.

Vamos a concentrarnos en dos situaciones de larga data en la zona, pero que se quedan muchas veces invisibles en los análisis que hacemos, tal vez porque no agreden directamente lo humano (que es lo más desgarrante), pero sí que dan pie para que cualquier agresión se haga.

  1. Nuevas instalaciones del mercado y viejas instalaciones de corrupción

En el pasado mes de febrero fue inaugurado el nuevo mercado fronterizo en Dajabón. Un local donde han de albergarse las personas, tanto dominicanas como haitianas, que van a comercializar sus productos. El mercado  sale de las calles de la ciudad y se concentra en un solo punto, con nuevo puente, que supone nueva y mejor organización, pero en los hechos no ocurre así. En las afuera del local del mercado se sigue comercializando mercancías varias.  En el mercado fueron construidos  2,264[1] cubículos, sin embargo los/as vendedoras no han podido ser todos ubicados, a tal punto que se sigue construyendo cubículos en las aceras, donde se supone que las personas que visitan la zona lo utilicen para caminar. ¿Quién lo construye, el ayuntamiento, la gente? Es una pregunta difícil de responder gracias  a las complejidades y complicidades que están en la zona.  Queda la duda de si realmente fueron planificados el número de cubículos construidos, si  realmente se negociaron con los  comerciantes o si se rentaron al mejor postor…

La entrada y salida al nuevo mercado es agresiva. Se ha construido una sola puerta, como si “fuera una trampa para cazar ciguas palmeras”[2], con poca facilidad de tránsito y con el riesgo de si cualquier cosa ocurra las posibilidades de salida para salvar la vida es limitada.

  1. 1.      Comercializando una azúcar no tan dulce

En los mercados fronterizos se comercializa un sinnúmero de productos, que provienen tanto del lado haitiano, como del dominicano. Uno de los productos comercializados del lado dominicano es el azúcar, sin embargo su comercialización no es tan dulce. Según el artículo 18 la ley 168 de 1965 del Instituto Nacional del Azúcar y resaltada en el artículo no. 5 del Decreto no. 754-11 que establece la Zafra Azucarera 2011-2012, toda exportación de azúcar requiere una certificación por parte del INAZUCAR.  Esta certificación debe ser otorgada al grupo azucarero o compañía que haga la exportación.

Se supone que el azúcar que se vende en el mercado de Dajabón cuenta con esa certificación, pues de lo contrario no debiera ser comercializada y mucho menos poder estar en esa zona “libre”. Lo que se da en la práctica es algo confuso. El azúcar se vende en el mercado con cierta libertad, a la vista de todos/as autoridades, comerciantes y comprados. Las personas que venden el producto deben tener un certificado, pero el mismo no es requerido por las autoridades, no hay ningún tipo de control.   Sin embargo, cuando el/la haitiano/a la compra ya sea por sacos o libras se le retiene el producto y otras veces se le rompe el empaque donde se lleva.

¿Las medidas deben ser impuestas a la persona que compra el producto, que no conoce la regla? La soga rompe por lo más fino.  La primera medida es no dejar entrar cargamentos de azúcar a la zona del mercado que no cuenten con la certificación de INAZUCAR. Una vez ahí dentro su comercialización debe ser libre y sin cometer injusticias con los consumidores minoritarios. La medida debe aplicarse a los grandes vendedores, pero el negocio es redondo: se permite la entrada, por la que se recibe algún tipo de permiso. Se obtienen los beneficios de la compra y los de la re-venta, de aquellas que son retenidas, pero no devueltas. Se vende pero quien compra no consume.

Hasta que no se asuma una visión de frontera organizada y que quienes transita por ella son personas, la situación no cambiará mucho. Mientras las aves grandes no sean atrapadas, las pequeñas se quedarán enjauladas.


[2] Benjamín González Buelta. No quiero que mi casa sea en el Libro la Transparencia del Barro.

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