¡Un-a leproso-a!

Por Juan Luis Corporán

Tremenda expresión, cargada de condena y artífice de dolor humano. Estaba allí fuera del campamento, fuera de los beneficios de la comunidad, fuera del Estado, fuera de la vida. El leproso era considerado un muerto en vida, solo servía como señal de “cómo no vivir”. Era el desecho de una sociedad. Zarrapastroso, mal vestido, curtido por la enfermedad y la mugre del desierto. Abortado del sistema para evitar que se cunda entre los sanos sus descomposiciones.

Había que avisar rápido. ¡Viene el-la leproso-a! Con campanas en las extremidades o con su porte harapiento anunciaba su llegada y mostraba su estigma, aportando desde su miseria al cumplimiento de la norma. Era fácil de desigualar, no era igual. Su llegada a la comarca en busca de comida era un escándalo difícil de inadvertir.

Las comunidades de leproso son símbolo aberrante de culpabilidad colectiva. Como humanos, nos inventamos leyes, normas, políticas, dictámenes para separar y hundir en la bazofia los que desentonan del sistema.

Más aún, innovamos con racionalidades perplejas para alejarnos del acompañamiento necesario, para pasar a la seguridad mediática de brillos y panfletos. Estar cerca nos opaca, alejarnos para acceder a los aplausos nos seduce y nos transforma en seres agradables a la media social.

Las comunidades de leprosos anteceden nuestra pequeña historia republicana, pero permanece como un lastre en la cultura de los privilegiados del sistema. De aquellos que tenemos el dispensa de nacer sin señales visibles, en una sociedad que tasa continuamente el maquillaje de porcelana.

Hoy rediseñamos esas comunidades, pero existen. Indudablemente que hemos innovado. Solo hay que fijarse de los nombres, ¡qué modernos se ven! Régimen Subsidiado de Seguridad Social, al cual mantenemos un costo insuficiente para los empobrecidos, mientras que existen otros con humos de superioridad cargados de servicios complementarios “dignos” de los que pertenecemos a la comarca.

Qué fácil callamos la consciencia asignando una tarjeta de solidaridad para pasar una miseria condicionada incapaz de saciar el hambre y resquebrajar el estigma, mientras que los bancos comerciales se benefician de la danza del colmado y el “verifone”.

Mostramos nuestras entrañas de maleficencia en una acción extrema de segregación y odio cuando en el 2007 fuimos capaces de emitir la resolución 012 (R12), que deja fuera de la ciudadanía a miles de dominicanos por ser descendientes de haitianos. Jóvenes, hombres y mujeres que posiblemente nunca han pisado Haití, pero por tener el estigma de los excluidos les estamos haciendo replicar la campana con un sonido tan alto que enternece aquel que nada de lo humano les ajeno.

Contaríamos mucho más, pues –aunque no es exclusivo- estamos en la era del neoliberalismo, corriente predominante de nuestro tiempo que muestra como principal estampa “la exclusión”. Y que consagra como principal deporte la fundación de comunidades de leprosos.


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Un comentario sobre “¡Un-a leproso-a!

  1. Y peor aún, la lepra se concebía como un castigo por obrar mal ante Dios. Y yo me pregunto: cuáles pecados cometieron los que hoy viven relegados en la pobreza sobreviviendo con una tarjeta que intenta sacarlo del anónimo? En que momento llegarán las manos piadosas para que el leproso “no ciudadano” pueda ser sanado y reintegrado, después de ser zarandeado por los nuevos sacerdotes que hoy nos gobiernan, libre de manchas y con la autoridad para decidir?

    En qué momento llegará el toque sanador de Jesús, para que al instante, según nos comenta el evangelio de Lucas, lo deje limpio y que puedan ser aceptados por el mundo de los “curados” ,montados, además, en el el transito que lleva “el metro” hacia el progreso y el desarrollo…?

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