Te invito a mi casa

Por Jenny Torres

Con tu permiso amigo, porque lo que ven tus ojos, lo siente mi corazón.

Tengo un amigo, viejo no sé si por años, no sé si por dolor. No sé si porque desde que él recuerda su vida, reside en la calle. Pero la razón, ahora no importa. ¿O sí?

El caso es que mi amigo, el que describo como envejecido, me hizo una invitación de esas que se aceptan con cariño. Me invitó a su casa, a compartir conmigo el resultado de una obra de arte hecha por él mismo de sobre el futuro del movimiento social.

El camino fue como siempre que se está con él, sin parar de hablar, de teorizar, de explicar porqué el fracaso de la historia y cómo podemos resolverlo. Imagino que está tratando de explicar con su vida y para su vida lo que indudablemente sufren, sienten y padecen la mitad (y tal vez más) de los que vivimos en este territorio, olvidado por la ética, la justicia, la solidaridad. Esta tierra ganada por la privatización y el mercantilismo pero que todavía es capaz de parir esperanzas vestidas de dolor y rabia como esa de mi amigo.

Tengo muchos años estudiando la pobreza, la desigualdad, las situaciones que se desarrollan en los adentros de las individualidades de empobrecidos y empobrecidas. Miro, leo y comento estadísticas de indicadores sociales y económicos. En fin, me paso los días metida en este intento de ciencia para querer salvar, no el mundo, pero al menos una cuadra de vida. Pero nunca, nunca hubiera ni siquiera imaginado lo que los sentidos desvelaban ante mis ojos incrédulos, científicos, absortos, exorbitados… me faltan adjetivos y me sobra rabia.

¿Han visto alguna vez en las encuestas una letrina como lugar de residencia? ¿Han leído alguna categoría en “cómo se llega a su casa” que diga pasando por dos o tres puestos de droga? ¿Pregunta alguna encuesta si tiene que pedir permiso para que un-a amigo-a entre a su barrio a visitarlo? ¿Acaso algún estudio de intimidad contempla que su sueño puede ser interrumpido en cualquier momento porque alguno de los vecinos que utilizan su casa como sanitario irrumpe con alguna necesidad?

La casa de mi amigo viene a destruir esos esquemas que nos quieren convencer de la validez de las transferencias condicionadas y hace que a una le estalle en la cara esas tantas apreciaciones de la profundidad del dolor que puede sufrir ese que vive la injusticia cotidiana.

Mi amigo no puede pasar el día en su casa, no puede sentarse en su mesa a disfrutar de la lectura (su pasatiempo favorito). Mi amigo no puede comer en su casa (bueno, tampoco es que tenga comida) ni tampoco puede tomarse un vaso de agua ni mucho menos sentarse a charlar con algún otro amigo.

Mi amigo me invitó por unos breves momentos, el tiempo suficiente que transcurre entre la necesidad de la vecina de al lado y la de la vecina del frente. Lo que tarda en despertar una tripa y otra. El tiempo que las circunstancias le dieron el permiso de poder disfrutar cinco minutos mientras miraba sus sueños de revolución llegar al cielo.

La vida es injusta. Pero injusta a diario, a cada segundo, a cada hora. Y es injusta de una manera despiadada. Tan cotidiana que llena de dolor cada canal por donde circula sangre y lo asienta y lo convierte en modo de vida disfrazado de rabia, de llanto contenido, de complejo que frisa.

La casa de mi amigo es el reflejo más cruento de una sociedad podrida y despiadada. Cruel e indiferente que no encuentra la manera de encaminarse hacia la recuperación de la vida. Es una muestra del camino tan tortuoso que cuesta vivir cada día. Una entrada oscura, turbulenta, pedregosa. Acechada por ese crimen tan bajo que es verdugo y condenado y que condena a quien como él, vive en la escala más baja de la vida, en la degradación más oculta de la existencia. En medio de la deyección acostándose cada día con la morbilidad y despertando, con la ilusión de un nuevo día que pronto se infecta con el hedor.

La casa de mi amigo me dijo que las dinámicas sociales tienen raíces que la ciencia no conoce, pero sobre todo que ignora. Me dice que los diagnósticos son imperfectos y que nuestra mirada es aun ausente y limitada. Que el horizonte está demasiado cerca y que lo pendiente es mucho más de lo que las neuronas que contamos nos dirán.

La casa de mi amigo simplemente me dice, que todo está mal y que la transformación de la sociedad no se hará con lo conocido sino con lo extraordinario lo profundamente revolucionario, que se declare hambriento de justicia y carente de conocimiento para aprender cada día de quienes realmente padecen la injusticia y que de tanto vivirla la han hecho parte de su vida.

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2 comentarios sobre “Te invito a mi casa

  1. Esa casa que huele a pobreza es también es una invitación a la vida , un llanto desesperado por resistir,una lagrima que no acaba de salir, un grito que desafía el olvido; una denuncia que nos convoca a sembrar de esperanza la tierra aunque huela cadáveres y a cieno…

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