Una cifra cierta que no es verdad

El día 2 de febrero del presente año (2012) se vistió de fiesta la Oficina para el Reordenamiento del Transporte, la encargada, entre otras cosas, de la implementación y funcionamiento del Metro de Santo Domingo.

La fiesta homenajeaba el tercer aniversario del metro de Sto. Dgo. con un orgullo basado en los 68 millones de personas que lo han usado en tres año.

Alta la cifra ¿no? Por supuesto que sí, pero ¿respecto a qué?

Veamos qué pasa si recurrimos a las cifras iniciales del proyecto. El número de pasajeros estimados para el Metro al inicio de su gestión era de 200 mil diarios. Estamos por supuesto hablando de promedios. Si utilizamos ese promedio, nos arroja una cifra de 73 millones de pasajeros al año.

A ver, según la cifra planteada en el festejo del 3er aniversario, hablamos de alrededor de 23 millones de pasajeros anuales. Si comparamos con la cifra proyectada en el diseño del proyecto, entonces deberíamos estar hablando de 73 millones de pasajeros en un año. Es decir, faltaron 50 millones de pasajeros cada año para que el proyecto hubiera sido considerado exitoso, eso de acuerdo con el propio diseño que se dieron los creadores del proyecto.

¿Y si vemos el costo del subsidio? Resulta que en el diseño inicial el costo real de cada pasajero (contando con los 200 mil que debían estar viajando diariamente) era de 35 pesos. El Estado subsidiaría 15 pesos y cada persona pagaría 20 pesos. Pero el cálculo del subsidio debe haber variado sustancialmente dado. Esto porque existe un déficit de aproximadamente 150 mil pasajeros diarios cuyos costos deben ser cubiertos por el gobierno.

Entonces me pregunto, ¿hay razón para celebrar? ¿Es el proyecto un éxito? A partir de las propias cifras de la OPRET, no. Más bien se trata de un proyecto fracasado. Un fracaso particular de Diandino, de Leonel que arrastra todo el país.

Si las decisiones de inversión en proyectos estuvieran mediadas por un análisis objetivo y basado en los resultados que se esperaban alcanzar, ¿nos deberíamos meter en una segunda línea?

La respuesta a esa y a otras preguntas que implican inversión pública, tan cuantiosa como esta, debe alejarse de opiniones que se centran en elementos subjetivos y superficiales. Decisiones como estas nos enredan en un círculo vicioso entre lo superfluo y lo básico y nos siguen colocando en el mismo trayecto de la desigualdad y la carencia de lo esencial para vivir. Sobre todo cuando eso juega con la dignidad de millones de personas empobrecidas que luchan día a día para cosas tan esenciales como comer y que chiripean precisamente por donde surca el camino de la exhibición el Metro de Santo Domingo.

Amerita el rumbo del país una reflexión a profundidad y volver los mandatos básicos en materia de inversiones que empujan a ponderar sobre todas las cosas la necesidad de mover indicadores de vida y no de maquillaje.

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