Las tres muertes

En el transcurso de la vida, atravesamos un sin número de eventos que marcan la existencia y van tiñendo, forjando, construyendo nuestra estructura. Esa estructura, marcada por eventos endógenos o exógenos de alguna manera nos prepara para enfrentar los choques que trae consigo la vida. Y hablando de vida, nos seduce su fin, eso que llamamos muerte y que se define como el evento opuesto al nacimiento. El evento de la muerte es pues la culminación de la vida de un organismo vivo.Se suele decir que una de las características clave de la muerte es que, una vez ocurre, es definitiva. Pero nosotros nos atrevemos a contradecir esta afirmación científica. La muerte va caminando, silente, sigilosa, por partes. Asesina poco a poco las células hasta que por fin se hace definitiva.

Para explicar mejor nuestro planteamiento, veamos pues los casos más sonados en los últimos días del acontecer nacional. Nos preguntamos si ¿Murieron en la Charles Nairobi, Landy y Jason (los jóvenes asesinados por la policía el pasado 1ero de mayo)? ¿Fue el 1ero de mayo el día final para los vecinos de La Caleta? ¿Cómo puede ser
determinado el momento exacto de la defunción de estas personas ubicadas en un estrato social totalmente excluido por el sistema?

Tomemos prestadas tres figuras de la mitología Griega para ilustrar nuestra posición. Utilizaremos las figuras de las Moiras que personificaban el destino, deparándole a la gente suertes y desgracias. La primera moira, Cloto encarnada por el Sistema Social actual, excluyente por demás, hila el curso de los ciudadanos del país, creando las amplias brechas de exclusión harta documentadas en informes locales e internacionales. Le sigue Láquesis, la moira que asigna destinos, que somos nosotras y nosotros, víctimas también de todo el peso de la propaganda violenta y liberal de los tiempos, juzgando y actuando según unas reglas que creemos propias. La última moira, Átropos, la propia Parca, esa que corta con sus tijeras el hilo de la vida de manera definitiva, está vivificada por esa falsa institucionalidad creadora de marcos legales que cercan el ya cerrado mundo de los-as excluidos-as.

Comienza la obra, hace su entrada Cloto, marcada por una irresponsabilidad social de los gobiernos de los pasados 50 años, incapaces de distribuir el tan fanfarroneado crecimiento económico de nuestro país entre todas y todos por igual. Arrastra la mortalidad infantil, las viviendas construidas en las márgenes de los ríos, los barrios sin aulas para inicial y media, los envejecientes sin seguridad social ni pensión, la carencia de políticas productivas que incluyan a jóvenes y mujeres en empleos dignos, en fin, arrastra todas las deficiencias de años de indiferencia. Cloto colocó a Nairobi, Landy y Jason en el mismo trayecto de la exclusión y forjó un espacio ausente de oportunidades que evidentemente fue un impulso para su participación en acciones ilícitas. Bajo ninguna circunstancia queremos justificar acciones fuera de la ley. Más sí tenemos que esclarecer que hay acciones o no acciones por parte del gobierno –y por la sociedad- que tiene una responsabilidad expresa en el camino tomado por esos jóvenes.

Cloto deja un ambiente de exclusión, certificado por estadísticas que dan cuenta de que el 30% de la población más rica tiene el 66.5% de las riquezas del país, dejando apenas el 34.5% para el 70% restante, de tal suerte que los convierte en
presas ideales para ser usados por políticos y traficantes. Deja una población con estampas estigmatizantes siendo cada vez más difícil colocarse en el trayecto de las oportunidades.

A la salida de Cloto, después de ejecutar la primera muerte, hace su aparición Láquesis, muy bien representada por esos vecinos del colmado “Edwin I” y muchas otras veces encarnada por cualquiera de nosotros-as. Láquesis, cargada de tanta propaganda violenta, presa del ruido de los colmadones, los carros, los motoconchos.
Molesta por los costos elevados de los alimentos, impotente por no entender dónde se ha ido el crecimiento del PIB. Tal vez Láquesis también se ha sentido influenciada por los continuos discursos de “entrarle a la delincuencia con mano dura” que están siendo ofertadas por los candidatos. Víctima también ella, como pueblo que es, de tanta y tanta violencia que proviene de muchos lugares al mismo tiempo. Y así, sin una razón clara del todo, decide asignar el destino de la segunda muerte a los tres muchachos.
Ya Láquesis no distingue que ellos son también pueblo y los clasifica en otra clase que su propio juicio ha fundamentado como vergüenza del barrio. Láquesis no confía en el sistema judicial pues ha presenciado el fenómeno extremo de la impunidad. Su memoria reciente le señala el Plan Renove, el hoyo de Baninter, el embrollo de la Sund Land y la negación de Seguridad Social,  así como otros tantos casos de corrupción y asesinatos que no han tenido solución, y encuentra más certero marcar ella el destino: mano dura con la delincuencia. Aún cuando esa delincuencia –la que ocurrió en el barrio- es también pueblo.

Láquesis, con su segunda muerte, deja el pavimento teñido de la sangre y los gritos de los tres jóvenes, grabados además por el lente de una cámara, que será posteriormente la protagonista de que el hecho no se convierta en una de esas “muertes en intercambio de disparos”.

La conclusión de la obra, que ni es obra y que por desgracia tampoco concluye, no puede ser más patética. Átropos, la propia parca, la muerte definitiva, hace su flamante aparición, representada por la institucionalidad estatal. ¡Qué gran papel!
Certeros disparos que acaban por enterrar los sueños de superación que ya había matado el sistema social. Balas que entierran el soporte social que una vez pudieron ser los vecinos seducidos por la violencia verbal, física y brutal que no parece mostrar otra salida. “Acero y piel” (con el permiso de Sting) que dejan al descubierto las fragilidades de una estructura institucional, que muestra su incapacidad para sostener procesos de largo plazo que garanticen las libertades mínimas de la gente. Cañón que tira por el suelo la inversión en el tan sonado Plan de Seguridad Democrática.

Átropos, esa institución que no tenemos, esa debilidad de la justicia que posterga la emisión de un fallo para cuando pasen las elecciones.  Esa institucionalidad frágil, quebraba, hueca, carcomida por años y años de impunidad, provoca la tercera y última muerte, pero no sólo la de los tres jóvenes. Mata además a esa gran masa, la mayoría sin cantera, que vive bajo las estadísticas de pobreza de organizamos estatales e internacionales. Que aparece sin nombre y es matada cada día, poco a poco, por las tres muertes.

Esas tres Moiras : el sistema social excluyente y generador de pobreza, la desconfianza en el sistema que nos convierte en enemigos de los vecinos y hermanos y al final, la más fatal, la ausencia de una institucionalidad real, han sido las causantes de esas muertes y otras tantas que no caben en la memoria.

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