Better in time?

En el camino de las ciencias sociales existen muchas teorías que intentan explicar los fenómenos sociales. En este  momento quiero compartir una que intenta explicar porqué existe la pobreza. En especial aquella que dice que las condiciones de pobreza de las personas son el resultado de su incapacidad personal. Plantea esta teoría, que se ha sembrado como uno de los tres imaginarios principales en los estudios más importantes de pobreza en América Latina (Carlos Barba), que los pobres no quieren trabajar y que es necesario impulsarlos con políticas de transferencias condicionadas, entre otras grandes ideas de nuestro nuevo mundo neoliberal.

Sin embargo, cuando te ha tocado pasar aunque sea por breves minutos por las calles del barrio, evidentemente que esa idea sale de tu cabeza. A veces pienso, por un momento, para no desencantarme hasta del aire que respiro, que esas teorías surgen de la ignorancia y no de la mezquindad. Solo así albergamos esperanzas de que se pueda transformar un pensamiento tan frío y hostil.

Cuando conocí a Nairobi, cualquier duda que tuviera de esa teoría, salió y no por sortilegio, de los humos de mi cerebro.

Nairobi es una chica que tenía 19 años cuando la conocí en la difícil tarea para mí, pero cruel para ella, de recoger sus datos luego de que la tormenta Noel arrastrara con las cuatro paredes de materiales vulnerables y un techo de zinc que significaba su casa. Ella no existe para el gobierno. No tiene cédula ni acta de nacimiento. Ella vino desde chiquitita de San Juan, huyendo, no de la vagancia de unos padres que no querían trabajar y que por eso eran pobres. Vino, precisamente con sus padres pero huyendo de la sequía, de las inundaciones, de los políticos corruptos, de los terratenientes abusadores, sin nada que poner en la mesa, sin escuela cerca, sin hospital, sin junta central electoral, sin instituto nacional de la vivienda. Vino desde lo más recóndito de la exclusión. De allá, desde dónde no llega nada, solo la miseria y la hermosa solidaridad de quienes dividen entre el infinito lo poco que tienen aunque sea nada.

El caso es que llegaron aquí, a la capital, donde le dijeron que al menos los edificios que otorgan los servicios están cerca. Y se instalaron hace ya poco más de 18 años en cualquier sitio que al menos les permitiera dormir. Y ese sitio fue La Ciénaga de Guachupita, muy cerca del río Ozama. Nairobi creció, sin ir a la escuela, sin papeles, sin nada, trabajando cada día de su niñez, de su adolescencia, de su apresurada adultez.

Y la atrapó la madurez inducida por la esperanza que le mandó su cultura de mujer del campo de que ya era hora de hacer su propia familia. Y así se convirtió en la madre de dos niños y hoy a sus más de 19 años tiene el pesar de estar sola, con el lastre su ausencia de documentos que pesa también sobre sus dos niños y que probablemente los convierta en portadores de ese lastre también para sus hijos. No por azaroso mandato. Sí por la maldita estadística.

Ella sigue haciendo lo que siempre ha hecho: trabajar. Lo que sabe, lo que le han heredado su padre y su madre: trabajar. Cada mañana compra un cartón de huevos y lo sanchocha. Vende su producto y al final del día hace lo que puede con lo que ganó. Mientras, sus hijos disfrutan la aventura de vivir entre charcos, pedazos de zinc, comiendo lo que se puede, lo que la solidaridad provee mientras llega la madre, en compañía de alguien que le hace el favor de “echarles el ojo” mientras ella llega de su “trabajo”. Nairobi no puede tener “chica” del servicio.

Nairobi es pobre, si, muy pobre. Por herencia, por injusticia, por la desfachatez del neoliberalismo que pretende convencernos de que no hace falta el Estado para que todos puedan vivir con dignidad. Es pobre por el proceso de acumulación que ha sido protagonista del manejo de los excedentes en todos los años que tiene formada nuestra República. Es pobre porque el centro de atención de los gobiernos ha estado en la movilidad social de quienes están inscritos en las filas de los partidos. Porque el interés ha sido la postergación de figuras que han olvidado su condición de garante del bienestar colectivo, y pretenden pasar a la historia con la construcción de faros que alumbran la miseria y que francamente se convierten luego en grandes ofrendas del descaro y la indolencia.

Nairobi no es pobre por decisión individual. Nairobi es pobre por historia, por geografía. Por ausencia de moral y cívica. Porque se aplicó mal la matemática.  Es pobre porque alguien erro la filosofía y porque nos han robado hasta el lenguaje. Es pobre porque salvaron los bancos y se dejaron a su suerte los servicios sociales. Es pobre porque nos hemos quedado tranquilos, como espectadores de una injusticia rampante y asesina.

Es pobre porque la salud, la educación, el agua, la vivienda se compran y se venden. Porque la diferencia entre vivir o morir depende de un carnet y la sabiduría se ha confundido con los títulos que otorgan las mercantiles instituciones superiores que están privatizadas.

Nairobi y su padre y su madre y sus hermanos y sus dos hijos son pobres porque han buscado, han trabajado, se han enfermado, no han estudiado, se han inundado y todos, el Estado, los empresarios, la Sociedad Civil, los partidos, los no organizados nos hemos quedado como si ellos, tal y como lo decretó la Junta Central Electoral, no existieran.

Jenny

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