Movimiento Social y Espejismos

En los últimos diez años, el 60% de los conflictos sociales del país han sido altamente desarticulados y han estado basados en la exigencia al Estado de la satisfacción de necesidades básicas, según datos del Observatorio Social de América Latina. Los problemas de los hospitales, el agua potable, los caminos, la energía eléctrica, la educación, las cañadas, las viviendas y los desalojos son recurrentes. Mientras que las manifestaciones espontáneas –por más intensas que estas sean- no han conseguido soluciones estructurales.

No obstante, la afluencia de los nuevos movimientos sociales con acciones novedosas (con nuevo repertorio) ha generado esperanzas en importantes sectores de la población. Estos movimientos han sabido aprovechar muy bien dos elementos de vitales en todo movimiento social: el uso del símbolo y su diseminación vía medios de comunicación.

Como apuntala Noam Chomsky el uso de Internet, además de facilitar y agilizar la comunicación dentro de los movimientos sociales y entre ellos, se ha aprovechado para restar el control de los medios establecidos. Es tan así que la acción de brincar el cerco mediático, técnica muy transitada por los medios tradicionales captados por los poderes fácticos, y lograr la viralización del motivo de lucha es ya una ganancia que diferencia a los nuevos de los antiguos movimientos sociales.

Indudablemente que el uso del marketing 2.0, enfoque de marketing de boca a oído, que utiliza el desarrollo y evolución de la web a entornos y sistemas más abiertos, libres, compartidos y multiconversación donde el usuario, es productor de contenidos que facilitan la transmisión del mensaje como portales de vídeos, comunidades y redes sociales, foros, blogs o sitios de promoción de noticias, ha potenciado enormemente el ejercicio de comunicación, sensibilización y convocatoria del movimiento social.

Estos medios han permitido que el verde prometedor de los movimientos se disemine por todo el territorio nacional provocando grandes expectativas y generando grandes “representaciones” en el imaginario de los-as dominicanos-as. Así la confianza mallugada por el atrofio de las instituciones que significaron alguna vez estas representaciones, pasan a los hombros–simbólicamente- de estas nuevas articulaciones.

Es altamente delicada la carga simbólica que se genera sobre esta representación, dado que se puede cristianizar fácilmente en una Espada de Damocles para el pueblo dominicano, no así para el grupo articulado que la lleva en sus hombros. El símbolo mismo puede ser frustratorio si no se maneja con la seriedad que se merece, dada la dinámica intrínseca del símbolo.

En esto tenía razón Wittgenstein, cuando en el “Tractatus” expone su “teoría pictórica o figurativa del significado”. El autor describe las representaciones como esos símbolos que refieren a algo distinto a ellas mismas. El autor pudiera estar equivocado o no en su teoría, lo cual no viene al caso, pero advierte algo importante que nos puede servir de pie de amigo para este llamado de atención: la fuerza que adquiere el símbolo.

Los movimientos sociales crean símbolos que se hacen transcendentes, generan esperanza, confianza, indignación, efervescencias, dolor, alegría, ansiedad, solidaridades. Cuando esto pasa es cuando podemos contactar que la palabra del movimiento social se hace altamente performativa en términos pragmáticos, tanto en la acción en sí, como en su consecuencia.

Cuando este símbolo se instaura –en palabras de J. Austín- su expresión produce consecuencias o efectos sobre los saberes, pensamientos o acciones del auditorio o de quien emite la expresión.

Esta combinación de un símbolo que ha tomado fuerza y un buen plan mediático, en esta sociedad interconectada, toma una fuerza expansiva inconmensurable, pero también altamente peligrosa. Crear el símbolo (motivo de lucha) y quedarse en él y agotar la acción en el símbolo mismo, para pasar a otro símbolo distinto, sin que se cumpla la menta del primero, solo por criterios de marketing, es una irresponsabilidad inexcusable.

Dejar la lucha en el símbolo mismo, es dejar colgado al imaginario colectivo en un espejismo mediático. Tal decisión aborta siglas o nombres emblemáticos como cascarones de cigarra, a la par que maltrata la esperanza y la vida de la población que sufre la ausencia de las políticas justas. Reponer la confianza será casi imposible.

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