Karina la Salada

Karina, la salada.

Nací de un pez, contaba cada tarde en la escuela. Por eso tengo la piel de escama. Por eso no me ahogo. Pero tengo un problema. Nunca he podido nadar en río. Y es que mi madre pez era de la playa. Nací cuando todavía no habían comenzado a caminar las casas pa’rriba. En ese tiempo, se usaba que los peces visitaran la playa y hablarán con la gente. No se enamoraban de ellos. No señor. Pero mi mamá si.

Lo miró una noche que estaba aburrida de nadar y quiso ver como se veía la luna por encima del mar. Y se sentó en la orilla donde el agua la tocaba por momentos. Y llegó él. Lloraba y estaba a punto de meterse en el agua para siempre. Gritaba como loco y mi madre lo escuchaba. Se metió en el agua y mamá lo siguió.
Cuando casi se cansó de respirar, mi madre lo besó y salieron juntos otra vez a la orilla. En el siguiente desove, estuve yo. Pero nací carne y no pez. Y tuve que vivir al otro lado de la arena. Mi padre me llevó a su casa y allá solo, siempre solo caminaba conmigo. Cada tarde era lo mismo. Con su insolente teoría, desafiando la genética y el génesis. Niña sin origen, niña sin historia. Karina se recogía cada día más. Decía ella que la estaban sacando de\n su casa natural. Se sentaba siempre en el mismo pedazo de playa porque esperaba algún día conocer a su mamá. La reconocería enseguida. Desde que viera un pez inconforme, aleteando agitado y queriendo increpar un nombre. Sabía que iba a reconocerla. Pero sus intentos se frustraban cada julio y cada diciembre. Nuevos proyectos, nuevos hoteles, nuevas actividades copaban la bella y otrora solitaria Boca Chica. Taciturna por momentos en los que el sueño materno agobiaba su corta edad y se alejaba cada vez más la posibilidad de conocerla a causa de los tantos visitantes de dentro y de fuera. “

Cuando casi se cansó de respirar, mi madre lo besó y salieron juntos otra vez a la orilla. En el siguiente desove, estuve yo. Pero nací carne y no pez. Y tuve que vivir al otro lado de la arena.

Mi padre me llevó a su casa y allá solo, siempre solo, caminaba conmigo.

Cada tarde era lo mismo. Con su insolente teoría, desafiando la genética y el génesis. Niña sin origen, niña sin historia.

Karina se recogía cada día más. Decía ella que la estaban sacando de su casa natural. Se sentaba siempre en el mismo pedazo de playa porque esperaba algún día conocer a su mamá. La reconocería enseguida. Desde que viera un pez inconforme, aleteando agitado y queriendo increpar un nombre. Sabía que iba a reconocerla. Pero sus intentos se frustraban cada julio y cada diciembre. Nuevos proyectos, nuevos hoteles, nuevas actividades copaban la bella y otrora solitaria Boca Chica. Taciturna por momentos en los que el sueño materno agobiaba su corta edad y se alejaba cada vez más la posibilidad de conocerla a causa de los tantos visitantes de dentro y de fuera.

Karina contaba con 14 años rendidos. Había disfrutado la vida cada día todo porque su padre le decía que el sueño de su madre era conocerla feliz. Quería contarle mil historias cuando la viera por primera vez. Karina llevaba 14 años esperando ese momento. Y en esa espera, cual Penélope en el andén, nunca había mirado su infantil belleza.

Crecida más que las demás. Con esa mezcla de color y sabor que la playa había puesto sobre su piel, se tejió finamente una belleza extraña adornada con una sonrisa que abría el mundo y unos ojos que encerraban tanta tristeza que no era posible ni siquiera llorar para detenerla.

Con un futuro definido por la estructura de su casa y la torpeza de su padre, Karina caminaba hacia convertirse en una muchacha de servicio en la capital, en una operaria de zona franca o en parte de la servidumbre de un hotel. Eso sí, no quería perderse.

Su padre, a su modo, lloraba en silencio. Caminaba cada día cabizbajo. Sin estatura, sin sueños. Con la vergüenza en las manos, la humillación en los ojos, sin palabras en su boca, con la ausencia de sentir metida entre los tendones. Le había contado a Karina desde pequeña que su madre se había ido confundida entre el agua del mar.
\n Ni él soportaba la historia ni ella quería escucharla. La fuerza de la vida a veces aterra. El nacer, crecer, reproducirse y morir de cada día, metida en una fosa de distancias. Distancia hasta de agua, que corroe la conciencia y oxida los sentimientos. Nacer para morir no se supone que sea la idea. Se supone que debe haber algún error para que un vagón de personas cayera en un sitio equivocado. Se\n dañó la brújula, se apagó el satélite, se quemó la luz del faro. Algo pasó y entonces llegaron los óvulos fecundados a este sitio errado y nacieron y se encharcaron de lodo y siguieron viviendo en el olvido como si realmente ese fuera su hogar. Y ella, joven, creyéndose bella y sabiéndose equivocada de paraje, se fue para siempre. Sobre todo después del terror que le causó expulsar un óvulo fecundado en ese lugar errado. Y dejó al cuidado de ese óvulo a un pobre hombre, ese que parió el\n esperma, y que preso de su fe, pensaba distinto y afirmaba que él era creación divina y por tanto el óvulo también. Y se fue olvidando la cruenta pobreza que llena de sangre los ojos que quieren llorar. Se convirtió en estadística de migrante. Más no de remesas. Bajo el capote de su fe, vio partir a la madre del óvulo, más no de Karina, convencida de que después del mar encontraría el destino correcto del vagón y podría entonces vivir entre la gente.”

Ni él soportaba la historia ni ella quería escucharla.

La fuerza de la vida a veces aterra. El nacer, crecer, reproducirse y morir de cada día, metida en una fosa de distancias. Distancia hasta de agua, que corroe la conciencia y oxida los sentimientos. Nacer para morir no se supone que sea la idea. Se supone que debe haber algún error para que un vagón de personas cayera en un sitio equivocado. Se dañó la brújula, se apagó el satélite, se quemó la luz del faro. Algo pasó y entonces llegaron los óvulos fecundados a este sitio errado y nacieron y se encharcaron de lodo y siguieron viviendo en el olvido como si realmente ese fuera su hogar.

Y ella, joven, creyéndose bella y sabiéndose equivocada de paraje, se fue para siempre. Sobre todo después del terror que le causó expulsar un óvulo fecundado en ese lugar errado. Y dejó al cuidado de ese óvulo a un pobre hombre, ese que parió el esperma, y que preso de su fe, pensaba distinto y afirmaba que él era creación divina y por tanto el óvulo también. Y se fue olvidando la cruenta pobreza que llena de sangre los ojos que quieren llorar. Se convirtió en estadística de migrante. Mas no de remesas.

Bajo el capote de su fe, vio partir a la madre del óvulo, más no de Karina, convencida de que después del mar encontraría el destino correcto del vagón y podría entonces vivir entre la gente.
De ahí la burla de quienes conocían la historia cuando Karina hablaba del pez. Karina salió una mañana a querer buscar una fuente de dinero para poder cubrir las carencias de la casa. Y encontró asiento en el peor hotel de la zona. Ella no tenía experiencia. No sabía hacer nada. Y no es que no había sido hacendosa en casa. Es sólo que la vida en un cuarto no da mucho que aprender. Y así, con su sexto curso sobre la cabeza, comenzó a trabajar por pocos pesos al mes y de 8 a 6. Claro está que dejó la escuela y la alegría. El curso de su vida fue distinto. Acosada diariamente por lo menos cuatro veces al día. Recibiendo consejos insanos de clientes, jefes, amigas, compañeros. Le decían que ella había nacido con sus estudios hechos. Dios la había bendecido con tantos encantos. Y ese era el lugar ideal para sacarle provecho. Podía ganar más de 10,000 pesos. Y sacar a su padre del fango. Karina ignoraba exactamente cual era la decisión correcta pues no entendía muy bien el lenguaje del sexo.

De ahí la burla de quienes conocían la historia cuando Karina hablaba del pez.

Karina salió una mañana a querer buscar una fuente de dinero para poder cubrir las carencias de la casa. Y encontró asiento en el peor hotel de la zona. Ella no tenía experiencia. No sabía hacer nada. Y no es que no había sido hacendosa en casa. Es sólo que la vida en un cuarto no da mucho que aprender. Y así, con su sexto curso sobre la cabeza, comenzó a trabajar por pocos pesos al mes y de 8 a 6. Claro está que dejó la escuela y la alegría.

El curso de su vida fue distinto. Acosada diariamente por lo menos cuatro veces al día. Recibiendo consejos insanos de clientes, jefes, amigas, compañeros. Le decían que ella había nacido con sus estudios hechos. Dios la había bendecido con tantos encantos. Y ese era el lugar ideal para sacarle provecho. Podía ganar más de 10,000 pesos. Y sacar a su padre del fango.

Karina ignoraba exactamente cual era la decisión correcta pues no entendía muy bien el lenguaje del sexo.

Y se pasaba los días pensando que si su madre pez había hecho eso. Amaneció un día de tormenta. Llovía como si el cielo quisiera quitar la sal del mar. Karina llegó al hotel llena de lodo y temerosa de que se hubiera acabado la sal de su piel con tanta lluvia. Pero lo que se acabó ese día fue su\n ignorancia del sexo. Tres compañeros de trabajo le hicieron el favor de ilustrarla de tan grosero contenido poniendo sobre su piel sudores indeseados y dejando estampas de dolencias nunca imaginadas. Lloró por tres días sin poder moverse del mismo lugar. Nada pasó. Ni su jefe, ni sus amigas, ni ella dijeron nada. Alguien avisó a su padre que debía quedarse en el hotel a causa de la vaguada puesto que el trabajo se había multiplicado. Y Karina salió otra vez el mismo día que de nuevo hubo sol. Caminó hacia esa playa en donde se suponía vivía su madre y lloró. Bebió sus lágrimas y eran dulces. No le quedaba nada en la vida. Perdió su sal, perdió su risa. Su madre no la reconocería. Caminó sentido contrario a buscar su hogar. Iba sonámbula cómo queriendo\n responder la inmensa cantidad de preguntas que, su aún inocente cuerpo, se hacía.

Y se pasaba los días pensando que si su madre pez había hecho eso.

Amaneció un día de tormenta. Llovía como si el cielo quisiera quitar la sal del mar. Karina llegó al hotel llena de lodo y temerosa de que se hubiera acabado la sal de su piel con tanta lluvia. Pero lo que se acabó ese día fue su ignorancia del sexo. Tres compañeros de trabajo le hicieron el favor de ilustrarla de tan grosero contenido poniendo sobre su piel sudores indeseados y dejando estampas de dolencias nunca imaginadas. Lloró por tres días sin poder moverse del mismo lugar. Nada pasó. Ni su jefe, ni sus amigas, ni ella dijeron nada. Alguien avisó a su padre que debía quedarse en el hotel a causa de la vaguada puesto que el trabajo se había multiplicado.

Y Karina salió otra vez el mismo día que de nuevo hubo sol. Caminó hacia esa playa en donde se suponía vivía su madre y lloró. Bebió sus lágrimas y eran dulces. No le quedaba nada en la vida. Perdió su sal, perdió su risa. Su madre no la reconocería.
Caminó sentido contrario a buscar su hogar. Iba sonámbula cómo queriendo responder la inmensa cantidad de preguntas que, su aún inocente cuerpo, se hacía.
Llegó a la casa y fue la primera vez que miró el rostro triste de su padre. Y fue la primera vez que él la vio triste. Se sintió culpable, ese día descubrió que su subterráneo sufrimiento había exiliado a Karina de su vida. Y supo que ella sufría de manera profunda, en la piel, en el corazón, en las venas, en el estómago. La abrazó y ella lloró. Sus lágrimas aún eran dulces y lloraba y lloraba cada vez más. Amanecieron abrazados, encharcados en las lágrimas entremezcladas de ambos corazones, pero esta vez conociéndose el uno a la otra y viceversa. Karina salió después de su padre. Aún el oscuro cielo de la madrugada cubría el espacio. Más no fue al hotel, sino a la playa. Evadió saludos, evitó caminos que le recordaran el día que conoció el sexo. Al llegar a la playa, se sentó como siempre en un rincón que se encontraba fuera de los enclaves que pertenecían a los hoteles. Ella sabía que allí nunca iba a encontrar a su madre, pero si podría ser de nuevo salada.

Llegó a la casa y fue la primera vez que miró el rostro triste de su padre. Y fue la primera vez que él la vio triste. Se sintió culpable, ese día descubrió que su subterráneo sufrimiento había exiliado a Karina de su vida. Y supo que ella sufría de manera profunda, en la piel, en el corazón, en las venas, en el estómago.

La abrazó y ella lloró. Sus lágrimas aún eran dulces y lloraba y lloraba cada vez más. Amanecieron abrazados, encharcados en las lágrimas entremezcladas de ambos corazones, pero esta vez conociéndose el uno a la otra y viceversa.

Karina salió después de su padre. Aún el oscuro cielo de la madrugada cubría el espacio. Más no fue al hotel, sino a la playa. Evadió saludos, evitó caminos que le recordaran el día que conoció el sexo.

Al llegar a la playa, se sentó como siempre en un rincón que se encontraba fuera de los enclaves que pertenecían a los hoteles. Ella sabía que allí nunca iba a encontrar a su madre, pero si podría ser de nuevo salada.

Karina se metió en el agua. Caminó incluso cuando ya sus pies no pisaban arena. Camino horas. Pero hacía rato que ya lo ignoraba.

Fue así como Karina pasó de ser óvulo a quedar plantada en una zona, cuyo nombre parece estar asociado a la riqueza, pero que deja fuera de su espacio a todo aquel que no haya nacido visitante. Pasó de crecer corriendo en la playa, a exiliarse en un rincón con arenas fangosas y aguas desfiguradas. Mutó de ser un conjunto de fantasías a ser un subconjunto del dolor. Se transformó en un residuo de la estructura movida por los metales y las bajas pasiones. Y por fin después de conocer el amor del abrazo amanecido, tierno y lloroso de su padre, eligió de nuevo ser salada.

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