¿Morirá de cáncer en el útero?

Los problemas que acarrean las deficiencias sociales de una sociedad son generalmente conocidas a través de estadísticas. Las ciencias llamadas “duras” con enormes bases empíricas que generan indicadores robustos que deben superar los “axiomas de Sen” son los que dan cuenta acerca de lo bien o mal que anda una sociedad.

Pero es necesario destacar que esos indicadores esconden, tapan, disfrazan, solapan, enmascaran personas. Mujeres, hombres, niños, adolescentes, envejecientes, personas con VIH, con discapacidad, ect. Y es precisamente esa mala costumbre que tenemos nosotros-as, los-as preocupados-as por los indicadores sociales, de olvidar el calor y los sufrimientos que hay detrás de los indicadores lo que me mueve a contarles a ustedes, este pequeño cuento que más que cuento es un hecho de una mujer, pobre, rural, madre de cuatro hijos, sin documentos y por tanto sin documentos sus hijos también, casada con un hombre de esos que “echa días” y que resulta ser dominicana pero que bien parece una historia de una boliviana o de una brasileña o de una nicaragüense o de una guatemalteca o de una haitiana.

Esa mujer tiene un nombre y las dimensiones de lo que sufre y padece, créanme que, superan por demás lo que nos cuentan las estadísticas.
Maribel, una joven mujer con cuatro hijos en su haber, con apenas 28 años y una miseria, para ella tan cotidiana, que no vale la pena describir. Maribel vive en una comunidad más apartada que el infierno. En donde la relación costo beneficio no ha puesto aún un centro de atención: ni primario, ni secundario ni terciario. Es decir, en una comunidad analfabeta de salud.

Decir que Maribel no se atiende por un problema cultural, sería caer más que en el ridículo, en la prepotencia.
Cuando la suerte lo quiso, Maribel acudió a una especie de “UNAP ambulante” gracias a la caridad de un grupo de estudiantes de otro país que decidió hurgar en las zonas más recónditas de dominicana a fin de ejercitar sus altruismos.

Pero volviendo al tema, Maribel, a pesar de lo que dicen los críticos del sistema, pues fue a llevar a sus hijos a esa especie de “UNAP” ambulante y, ya que también revisaban mujeres, decidió entrar y hacerse ese estudio con un nombre tan raro que una vez una promotora de salud le comentó que debían hacerse las mujeres en edad fértil.

La suerte o la maldita suerte, hizo que esta joven de apenas 28 años, sin cédula, sin acta de nacimiento, sin trabajo y con una marido que “echa días”, casi desnutrida, con cuatro hijos sin acta de nacimiento y no desnutridos gracias al favor de sus familias capitalinas, saliera positiva en esa dichosa prueba de nombre complicado y resultara con cáncer en el útero.

Y ahí el primer punto: fue la casualidad y no el sistema de salud quien le trajo la desgraciada noticia. Ah! Pero gracias a Dios ¿o al tío Sam? Que le descubrieron el cáncer a tiempo!

Superada el problema de los servicios de salud pública a nivel del sistema de atención primaria, Maribel parte con la esperanza en su monedero y se va a la capital para que la atiendan en un hospital.

Más el calvario apenas comenzaba. No había manera de que Maribel diera con algún médico, enfermera, promotora social o quién sabe qué otro titular que le indicara qué hacer para sobrevivir. Y ahí, en el segundo nivel de atención, tampoco obtuvo amparo en el Sistema Nacional de Salud Pública. Entra entonces la “sociedad civil” y le consigue a Maribel una cita con un amigo de la familia de fulana para que le dicte los pasos siguientes: una serie de estudios que ella, sin seguro: ni contributivo, ni subsidiado, ni contributivo subsidiado obviamente no podía pagar.
Y entonces la sociedad civil le subvenciona todos los análisis que requirió ese segundo nivel de atención. O sea, Salud Pública ni en el primero ni en el segundo.

Pero como a las tres son las vencidas, supusieron el “tío Sam”, la sociedad civil y Maribel que ahora si entraría Salud pública. Análisis en mano, contactos con el médico amigo de la mama de la tía fulana, corre hacia las puertas de un hospital a razón del alto costo que implicaría una clínica privada.

A Maribel le informan que, para poderla ingresar, debe pagar 4,500 pesos de depósito, 1,500 pesos para la sangre y aún no sabe cuánto le restará pagar finalizada la operación. De nuevo entra el tío Sam y la sociedad civil pa’ conseguir los chelitos. Cumplidos todos los requisitos económicos, la joven madre, que en este trajín ha dejado a sus cuatro hijos a la merced de vecinos-as mientras su esposo sigue echando días, comienza la tercera parte ubicada en este tercer nivel de atención.

Primera cita para internamiento: usted llegó 15 minutos tardes y entonces el anestesiólogo no la puso en la lista.
Segunda cita para internarse: Mi doña, mañana hay huelga y no se sabe si los médicos vengan ¿le habrán dicho así a alguno de nosotros?
Tercera cita: Ay mi hija, resulta que mañana empieza un congreso muy importante para que pueda funcionar la atención primaria y entonces los médicos no pueden atenderte.
Cuarta cita: Pendiente, es el domingo. Esperemos que esa vez la cita se de.

Pero la conclusión en esta historia. Por lo menos una, es evidente: no funcionó para Maribel ni el primero, ni el segundo ni el tercer nivel de atención. Si la entrada falla, evidentemente la salida estará cerrada. El caso de Maribel, al igual que el de muchas mujeres pobres, rurales, sin documentos está inconcluso. Y está inconcluso más que por un problema de cultura. Maribel existe, está ahí, y espera por respuestas.

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