El Día que María Pensó

Como cayena en capullo se movía en el camino. Silvestre, salvaje, bella aún sin cuidado. Con alegrías dentadas, con la lengua esperanzada y dispuesta al sol. María, remitente hará ya dos veces, pareciera que nace cada día. Sin memoria lejana, sin precedentes. Como su novato cerebro utilizara ese subterfugio para olvidar el hambre.

Ese día, como todos, María despertó como picaflor y salió al encuentro de sus amigos. Como todos los días, como una mariposa entre aleteos desorganizados, dejando sus colores que salían de sus pies desarrapados y teñían el cascajo.

La casa estaba ausente, sin voces, sin risas. Sin el llanto de su minúscula sobrina. Sin la agudeza de la voz de Bolívar. Pero ella, a prisa, pensando que se le acabaría el mundo si no salía de inmediato, no lo advirtió. Se detuvo abruptamente al pié del camino. Silencia total. Realmente no. No era silencio. Era el terrible ruido de la brisa que solo se escucha en ausencia de risa. Era posible incluso escuchar como se movían los insectos entre las ramas.

María giró sus ojos: de un lado, estaba el camino que la llevaba hacia fuera. Estaba a pocos kilómetros de la playa, con el ruido de los bares, el sabor a lo que huele el pescado gustosamente sazonado, el baile, el agua. Fascinación de los sentidos, olores, sabores. Del otro lado estaba el camino más adentro. La destartalada escuela que tantos jalones le había costado. Estaba la casa de Lea, que sólo le daba trabajos, mandados. Estaba la casa de Goyo, el ciego. Imagínate, más trabajo. Estaba el hondo pesar de cargar agua desde los profundos tambores de Caña Andrés.

María no sabía dónde habían ido todos. Miraba hacia un lado y giraba su cabeza con células llenas de ruido y luego miraba hacia el otro. Estuvo detenida en el mismo punto casi una eternidad. Entiendan que para María más de un minuto es una eternidad. Pensó rápidamente que la solución estaba en un lugar donde las limitaciones físicas obligan la estancia. Fue fácil y clara la decisión. Goyo tenía que estar ahí. El era la respuesta. Corrió. Voló, iba cantando, aún ignoraba su destino y era obvio que cantara. Bajó por la larga cuesta. Se detuvo frente a la escuela. Era lógico que estuviera vacía. Según los cálculos de María era sábado. El día más feliz del mundo, según su corta filosofía. Pero bueno. Se detuvo. Atravesó el espacio que debía ocupar la puerta. Miró a través de una ventana doblada. No estaba rota, sólo doblada. El salón se veía precioso a los ojos de María. Era obvio, lógico: ¡faltaba la profesora! Esa tirana, inhumana que sólo sabía decirle que era una tonta, que no se concentraba, que sus cuadernos estaban sucios, que no había hecho la tarea. Pero María tenía un cerebro inteligente, claro que sí. ¿Cómo sino entonces habría sobrevivido durante esos largos nueve años? Imagínese, pensaba María. Se levantaba un poco después de que salía el sol. Se lo anunciaban las paredes de Zinc, tan buenas conductoras de calor para su pesar. Eso, sino llovía porque entonces la despertaba el agua en el cuasi colchón. Al despertar, se bañaba y se lavaba los dientes con medio vaso de agua. Se vestía con el uniforme sucio del día de ayer y se sólo se iba. Si, se iba. No estaba peinada. María carecía de la paciencia para desenredar todo el embrollo exterior de su cabeza y su madre estaba ocupada, a sus cuarenta y tantos años, lactando a su recién nacida hermanita. Llegaba a la escuela pasadas las ocho. Comenzaba unas clases sin himno nacional y solamente estaba deseosa de la hora del desayuno escolar. Imagínese, pensaba María, que voy a entender de matemática. Estaba atenta solamente al manjar de una cajita de leche y una pieza de pan. Después de eso igual. Tenía que aprovechar el tiempo estando ahí, solo sentada, ejecutando la vagancia y divirtiéndose cuanto podía.

Lo que seguía después de la escuela ya lo puedes imaginar. La trillada situación de un almuerzo vacío, la hermanita vomitando las mascotas, la hora del baño sin agua, la cena sin gas ni carbón y todas esas minucias de la pobreza que de seguro usted ya conoce.

Y así la maestra tiene la osadía de llamarla tonta. Tonta ella que come y se baña y encima de eso lanza desprecios a los niños. Inteligente María, que espanta la miseria y el dolor con sus dientes al aire y olvidándolo todo.
A María se le humedeció un ojo. Era un poco más difícil sonreír cuando estaba sola. Salió de la escuela y siguió su camino hacia la casa de Goyo. Interrumpió su viaje varias veces, cuando un estímulo le incentivaba la memoria. Se estaba dando un fenómeno peligroso. Su cerebro estaba cambiando y eso no era bueno.

Siguió caminando y contrario a todos los días, ya no volaba como mariposa. Caminaba como si fuera persona y por primera vez sintió cansancio. Se sentó sobre una piedra. Sintió sed, pero el pozo estaba muy lejos y no pudo conseguir agua. De todos modos siguió. Por fin llegó a la casa de Goyo y le sorprendió lo que halló. La casa estaba vacía. Ni siquiera estaba el bastón. Se le humedeció el otro ojo. Ya era inevitable. Debía tomar la decisión. Estaba sola. Pensó que a todos les pasó lo mismo. Se levantaron, miraron hacia un lado. Sintieron los ruidos en su cabeza. Miraron hacia el otro lado. Sintieron los ruidos nueva vez. Sintieron el silencio de breves segundos y se fueron por un camino. Uno a uno. Cerebro por cerebro.

Para María era obvia la decisión que todos habían tomado. Era claro hacia donde los llamó el destino. El silencio de la comunidad frente al ruido de la playa. Todos se cansaron. Uno a uno. Cerebro por cerebro. El sonido del mar, el olor del pescado, la abundancia de ruido actuaron como flautista de Hamelín y como ratones hambrientos, se fueron tras el queso.

María pensó: Si se fueron todos, si ellos con su cerebro no novato abandonaron el espacio, ¿qué podía hacer ella? Ignoraba que ya podía pensar, Subió nueva vez la cuesta. Se sentó debajo de una gran sombra de un enorme árbol. No sabía que hacer. Pensó que era bueno estar así. La comunidad sin escuela, sin reglas, era un ideal. Pero también pensó: tendré que trabajar para comer y sobre todo sola. Era tan grande el esfuerzo de su cerebro que María se durmió. Pero se durmió con la escena de la decisión en su cabeza: hacia dónde me iré. Se movían sus sueños entre el catecismo sabatino y los santos de Caña Andrés. Estrenando confusiones en la cortedad de su cerebro. Nada firme la ataba. Nada firme la llamaba.

De nuevo pasó una eternidad. Recordemos que para María más de un minuto era una eternidad.
La despertó un gran ruido. Voces, risas, canto a San Antonio. María había olvidado, por ese juego de su cerebro, que estaba castigada. Se había celebrado una gran fiesta ese día y todos habían ido menos ella. La profesora había llamado a su madre con una pila de quejas y ella decidió que para que María aprendiera, se iba a quedar en la casa mientras toda la comunidad participaba del regocijo.

Al regresar todos veían a María como si fuera igual. Sus amigos la llamaban: “María, María, ven a a jugar”; su madre la llamaba: “María, María, ven a ver lo que trajimos”; la profesora la llamaba:”María, María, dejaste los cuadernos en la escuela”. Y ella, contrario a todos los días, escuchaba. María era distinta pero nadie lo notó. Esa eternidad que estuvo sola la hizo perder su novato cerebro. Ya no supo más volar como mariposa. Ya nunca más despertaría como pica flor. María simplemente se convenció de que vivía en la miseria.

Al amanecer del domingo, ya no sola, ya sin ausencia, ya con ruido, aprovechó que los demás dormían y salió al pié del camino. Miró hacia un lado por una eternidad, miró hacia el otro por otra eternidad. Pero esta vez sabiéndose miserable. Y fue obvio lo que el olor y el sabor hicieron sobre su destino.

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Un comentario sobre “El Día que María Pensó

  1. Hola Jenny!En realidad me da gusto ver publicado EL día en que Maria pensó, al leerlo, vienen a mi muchas vivencias que me recuerdan que la vida no se resume en mi vida, fuera de cada caja de cristal donde pretendemos vivir, hay vida aunque insistamos en voltear la cara, ahí está, y es una vida tan digna como la que podemos llevar en la cajita.Gracias por todo!!!Katherine C.

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