Año de Generación de Empleo: Un Propósito Inalcanzado

Para hacer una verdadera planificación de desarrollo que impacte de forma significativa en el país es imprescindible un análisis de la situación del empleo. Es imposible hablar de desarrollo sin hablar de empleo, y es que este factor es una de las columnas que sostienen toda articulación de Política Social que pretenda un Desarrollo Humano y Sostenible.

Y es que si hay un elemento determinante de pobreza y más aún de pobreza extrema es el empleo. Desde esa perspectiva los sectores sociales sin empleo estable e insuficientes ingresos, no solamente son pobres, sino que a la vista de muchos hay que ayudarlos a sobrevivir. Su situación está asociada a que ellos no participan plenamente en la sociedad, es decir, están en exclusión, son excluidos.

Es claro que el modelo de economía hacia afuera que pone su fuerza en las oscilaciones de las economías externas, en manufacturas apoyadas en mano de obra barata y en servicios, no ha dado los resultados esperados y hoy día las estadísticas lo demuestran. Por más de 25 años permanecemos con una de las Tasas de Ocupación más baja de AL alrededor del 45.6% en promedio. La disminución de desempleo, abanderado por el gobierno, oculta el crecimiento del empleo de mala calidad y del subempleo, que ha engrosado de forma directa al mercado laboral informal de 54% en el 2005 a 56% en el 2006. O sea que, para el 2006, de cada 100 dominicanos y dominicanas ocupados/as, 56 laboran en el mercado informal, los cuales reciben un ingreso promedio por debajo de 2 sueldos mínimos mensuales.

Estas estadísticas son aún más críticas si desagregamos por género, ya que la tasa de ocupación masculina es de 61% en República Dominicana, mientras que la femenina es de 30%, lo cual denota el sesgo de discriminatorio de las políticas en perjuicio de la mujer. Los criterios de fomento de empleo en nuestro país desconocen la doble o triple faena de la mujer al tener que someter su ritmo de vida a los duros trabajos del hogar, lo cual favorece la feminización de la pobreza entre los/as trabajadores/as. Lo mismo tenemos que insistir en la expulsión abortiva o el rechazo de las personas que poseen alguna discapacidad y envejecientes, excluyéndolos del sistema descaradamente.

Se agudiza el problema con la debacle de las Zonas Francas la cual ha expulsado más de 60 mil personas a la calle. Esta situación agrieta por dentro la cifra citada por el presidente de la República que hacía referencia a la Encuesta Nacional de Fuerza de Trabajo del mes de octubre pasado. Y coloca al país con una Tasa de desempleo creciente ampliada de alrededor del 17%, lo cual es una de las mayores Tasa de Desempleo Ampliada de América Latina.

A partir de ese panorama, nos resultan irrisorias las propuestas del empresariado dominicano para solucionar las falencias de la oferta y demanda de trabajo, las cuales no hacen más que formar un escenario de lástima que enfocan las cámaras en el drama de las perdidas de sus ganancias, y no en los más de 60 mil dominicanos y dominicanas que se quedan sin la posibilidad de llevar el pan sus hijos, sin seguro médico y demás beneficios marginales. Ellos proponen una serie de medidas que van en franco detrimento de todo el pueblo dominicano y especialmente sobre la clase trabajadora, sólo para satisfacer intereses minoritarios.

Demuestra el gobierno la incapacidad de articular políticas de empleo sostenible capaz de aumentar la Tasa de Ocupación y revertir el círculo vicioso del desempleo. La respuesta que se le ha dado a esta situación por más de 50 años es invertir en acciones asistenciales que no generan competencias y habilidades al ser humano, más bien lo paralizan. Ser excluido del sistema asalariado de la ciudad ya deja un mensaje, no eres capaz y las acciones asistencialistas lo certifican. Una funda, una donación monetaria, una tarjeta o una “botella” es el mejor certificado, mes por mes, de la inutilidad de las personas que lo reciben. Según Jorge Cela, “la dinámica que se crea con estos tipos de programas no es la de salir de la pobreza, más bien se le da el mensaje de: “ustedes no son ciudadanos, ustedes son gente que necesita ayuda porque no se vale por sí misma…”

Todo lo contrario sería si existiera una política creadora de empleo que permita que el/la ciudadano/a de nuestro país genere su propio sustento digno de una persona y por tanto sea protagonista como actor principal en la salida de la situación precaria en que se encuentra. Para nadie es un secreto que “el empleo o trabajo es la más fundamental de todas las oportunidades económicas”. Brinda a la gente un ingreso que le posibilita acceder a bienes y servicios que son necesarios para asegurar un nivel de vida decoroso”. Por otro lado afirma PNUD (2005) que el empleo posibilita que la gente haga una aportación productiva a la sociedad y ponga en práctica actividades y creatividad. Genera un grado elevado de reconocimiento, que favorece la dignidad y el respeto por sí mismo, y da a la gente la oportunidad de participar en actividades colectivas y de relacionarse socialmente.

Sin embargo el empleo ha sido considerado siempre como un residuo de la política económica de los gobiernos de turno, no se le ha dado la importancia debida, a pesar de que en promedio históricamente el nivel de desempleo de la República Dominicana es muy alto en comparación con el promedio de América Latina y el Caribe.

El problema del empleo es más profundo de lo que se visualiza. Es el caldo de cultivo de donde sale y donde regresan las mayores desigualdades. Nos referimos aquí a la desigualdad que se evidencia entre los grupos humanos, sus posibilidades de acceso al mercado de trabajo, a las condiciones sociales y a las disparidades que se producen en escolaridad, respecto al género y en los factores culturales. Todavía más disparidad se evidencia cuando se habla del trabajo formal en contraste del trabajo informal, las diferencias sociales son abismales y más aún cuando la forma de integrarse al mercado atenta contra la dignidad de la persona: trabajo infantil, prostitución, condiciones infrahumanas de trabajo, venta de estupefacientes, etc. El sistema de mercado de la República Dominicana no reconoce la labor que está haciendo más del 56% de los trabajadores del país, los cuáles se guarecen bajo la sombrilla del empleo informal.

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